Incertidumbres hispanas

«La catedral de Notre-Dame se alza, majestuosa, en la Ile de la Cité. Desde lo alto de sus torres se adivina el perímetro de París, tres barrios encerrados dentro de los márgenes de una muralla que se va quedando pequeña. A la derecha del río se percibe, bulliciosa, la Urbe, el barrio comercial de hoteles, comercios y viviendas majestuosas, donde el mercado central de Les Halles aglutina las idas y venidas de los parisinos. Al frente, en la misma isla, se descubre, entre un mar de casas bajas, la espigada belleza de la Sainte-Chapelle, y los perfiles de un palacio real que todavía está lejos de la grandiosidad que alcanzarán las construcciones de la monarquía absoluta borbónica. A la izquierda, cruzando el Sena, el barrio latino, donde se desparraman colegios y pensiones que albergan el incesante movimiento de la Universidad de París, una de las más vibrantes del mundo.

Si alguien estuviese en la torrde de Notre-Dame,… podría distinguir, en esta mañana fría de febrero, la llegada de un nuevo estudiante. Como todos los que recorren por primera vez las calles parisinas, parece un poco abrumado por la efervescencia de la ciudad, que incluso a esta hora tardía late llena de vida. El hombre eleva los ojos a menudo hacia las torres cuadradas de la catedral. Pero no llega a entrar en la Ile. Llegado a cierto punto, se sumerge en el laberinto de callejas que dibujan las casas del barrio latino.

Presta atención a los grupos de estudiantes con los que se va cruzando, hasta que reconoce un idioma familiar. Se dirige a cuatro muchachos de aspecto risueño, que reconocen en él a un compatriota. Sabedores de las urgencias de un recién llegado, pues todos lo fueron en fechas no lejanas, le llevan a una posada bastante económica, donde además, le dicen, podrá encontrar otros paisanos. El hombre acepta. Aunque los jóvenes tienen ganas de hablar más, de preguntarle por las novedades de su tierra y de informarle sobre los colegios y los estudios, el hombre, fatigado, se despde en cuanto puede. Un poco desilusionados los muchachos vuelven a zambullirse en los callejones que, ya oscuros, acusan la hora tardía y empiezan a despoblarse. Se alejan, vivaces, haciendo conjeturas sobre el recién llegado. Cuando queda solo, en su pueza, se siente aliviado. Un mes lleva caminando para llegar hasta aquí. Pero al fin sabe lo que quiere hacer. Y esta vez no puede salir mal».

Es el 2 de febrero de 1528. Han pasado cuatro años y medio desde que dejáramos a Íñigo en Jerusalén, preguntándose “qué hacer ahora”. Durante este tiempo ha emprendido, una y otra vez, un camino que no parece haberle conducido a ninguna parte. Cuatro años en que ha tenido que darse cuenta de que a veces las ideas más simples necesitan concreciones muy complejas. Años hispanos, de inicios y tropiezos, de juicios y sentencias, pero también muy llenos de nombres y de vidas. Ha aprendido mucho en este tiempo, y cree estar ya en marcha, pero se acerca a los cuarenta años y no puede estar eternamente recomenzando.

(Texto del libroIgnacio de Loyola, nunca solo 

de José María Rodríguez Olaizola, SJ

Mes de julio con Ignacio de Loyola