París, estudios y compañeros

«Tres hombres caminan junto a la ribera del Sena. Dos de ellos son jóvenes, y el tercer un poco mayor. Conversan en voz baja, con sosiego. No hay apenas movimiento en torno. Es muy temprano incluso para la madrugadora ciudad, y una ligera neblina da a los perfiles de la cercana catedral un aspecto fantasmagórico. Faltan aún horas para que amanezca.

Los hombres se mueven para no quedarse fríos, pero no se alejan mucho del puente que conduce a Nôtre-Dame. Esperan. Se oyen pasos y otros dos jóvenes apresuran el paso hasta llegar a la altura del grupo. Los saludos son breves y sobrios. “Sólo faltan Nicolás y Simón”, es el comentario escueto y nervioso de uno de ellos. “Tranquilo Francisco, que llegará”. El tono sereno y sosegado de su compañero parece tranquilizar al inquieto.

El mayor del grupo no ha hablado apenas en los últimos minutos. Esta despedida, junto a un puente, e recuerda a otra muy similar siete años atrás. Pero siemte que ahora es distinto. Esta vez hay una pasión, una energía poderosa, una hondura en los vínculos que nunca llegó a experimentar entonces. ¿O es lo mismo que pensaba antaño? ¿ Y si se engaña? ¿Y si algo sale mal? ¿Y si, como entonces, le dejasen solo? Con un imperceptible gesto de disgusto se arrepiente de estos pensamientos. Se ha asomado al corazón de estos muchachos. No duda de ellos, ni de lo que Dios ha hecho en sus vidas. Estos que quedan aquí son sus amigos, sus hermanos, pondría la mano en el fuego por ellos… Esto no va a ser un adiós.

Le saca de su ensimismamiento el ruido de unos cascos. Entre la niebla aparecen los dos hombres que faltaban. Uno de ellos guía un caballo viejo por la brida. Los pasos del animal retumban en el silencio de la ciudad dormida.

Ha llegado el momento. El que trae el caballo se excusa atropelladamente por la demora, en una mezcla de latín y portugués que ha llegado a serle familiar. Hay un momento de silencio incómodo en el que se miran, como preguntándose: “Y ahora, ¿qué?”. Es el mayor el que toma la iniciativa, y va abrazando uno por uno a los seis jóvenes, cambiando frases que ocultan la honda emoción que embarga a todos. “Pronto, muy pronto”. “Sí, en Venecia”. “Cuídese mucho, restablézcase bien, que le estaremos esperando”. “Dígale a mi madre que soy muy feliz”, pide en voz bajita el más joven. “Alfonso, le contaré todo lo que quiera saber, no te preocupes”. Acompaña la sentencia con una cariñosa palmada en la nuca, y el muchacho traga saliva para no llorar, abrumado por la doble emoción de una despedida y el recuerdo de la familia distante.

Ya no queda más que hacer. Rezan una oración en voz queda. Al fin sube al caballo. A la mayoría les sorprende su destreza para montar. Se da cuenta de la mirada de sorpresa, y piensa con un punto de divertida reivindicación: “Hay ocsas que no se olvidan nunca”. Un último saludo: “Nos veremos entonces en Venecia, Dios os bendiga”, y se aleja a paso ligero.

Miran hasta que la niebla se lo traga y aun entonces siguen en silencio, escuchando los cascos que se alejan. Al fin, los ruidos del río y de la ciudad que empieza a despertar apagan los últimos ecos del amigo partido. No hablan de ello ahora, pero sienten que quedan un poco huérfanos sin este hombre que les ha unido. El grupo se dispersa, cada quien dispuesto a comenzar la jornada. No ha amanecido en París.»

Estamos en la primavera de 1535. Han pasado siete años desde que llegara Íñigo, dispuesto a estudiar (…). Al fin el proyecto largamente acariciado va tomando forma. Su salud está quebrada, y por eso debe volver a su tierr por unos meses. Pero no puede dejar de darle gracias a Dios, que pone en su corazón la certeza de que ahora, por fin, todo marcha bien.

Los años de Íñigo en París son un período crucial en su vida y su trayectoria. Lo que hasta aquí habían sido intuiciones, intentos, búsquedas, empieza a cuajar. Todavía faltan algunos pasos, años y caminos inciertos. Pero es en París donde la figura admirable del peregrino Íñigo se convierte en Ignacio de Loyola. Es aquí donde un grupo de hombres, reunidos por él, echarán a andar, sin saber aún que con ellos está naciendo una orden religiosa que pronto tendrá un papel trascendental en el panorama eclesial europeo.

(Texto del libroIgnacio de Loyola, nunca solo 

de José María Rodríguez Olaizola, SJ

Mes de julio con Ignacio de Loyola