Tiempo de espera viva

Poca gente pasea por la Plaza de los Señores, en esta primera hora de la tarde, cuando la ciudad de Vicenza reposa. Lejos del infinito movimiento de la Serenísima, aquí la vida transcurre despacio. Tampoco el Palacio de la Región concita a estas horas idas y venidas, como ocurre por la mañana, cuando hay que tratar los asuntos públicos. Esta plaza es una de tantas que embellecen las villas y ciudades de la región del Véneto. Podria resultar casi vulgar, si no fuera por la estampa gótica del Palacio de la región, donde se tratan los asuntos públicos. Aún no engrandece sus perfiles la arquitectura de Andrea Palladio, que tal vez ya pasea por los alrededores, imaginando las construcciones con las que en pocas décadas las convertirá en una joya renacentista.

Bajo la estatua del león alado que señala la sumisión de la ciudad a la vecina Venecia desde hace más de medio siglo, un grupo de hombres dialogan. Prestan especial atención al discurso de uno de ellos, un poco mayor que el resto, que parece elegir con cuidado cada palabra antes de decirla. Algún paseante les mira curioso. Ellos permanecen apartados y ajenos a lo que ocurre en torno. Los habitantes de Vicenza se han acostumbradoo a la presencia de algunos de ellos en la ciudad, y han llegado a apreciar a esos hombres piadosos, que hablan de Dios y ayudan a los más pobres con idéntico entusiasmo.

Los rostros están serios. Arrugas de preocupación envejecen orematuramente los semblantes de otro modo juveniles. «No queda más remedio. De nada sirve seguir esperando, hemos de empezar a actuar, a prepararnos para tomar una decisión definitiva». Un silencio cargado de intención sigue a estas palabras. Ninguno quiere ser el que pronuncie las palabras de rendición. «¿Y si finalmente zaroa la nave antes del 8 de enero? No debemos perder la confianza». El tono ilusionado y la voluntad optimista de esta sentencia no contagian a ninguno. De algún modo lo llevan intuyendo meses. Nada hace indicar que el año próximo vaya a ser diferente a este. «De nada nos sirve seguir dándole vueltas», tercia uno más. «Esperemos unos meses, repartidos como hemos decidido. Y si no podemos ir a Jerusalén, entonces nos encontraremos en Roma».

Parece que hay poco más que hablar. No se puede decir que la alternativa les duela. Tal vez su mayor pesar es lo que pierden, la renuncia al sueño largamente acariciado, aunque lo que pueda llegar a continuación lo viven como oportunidad y bendición. Sienten confianza en que algo bueno ha de suceder.

«¿Volvemos a separarnos, entonces?», pregunta el más joven del grupo. «¿Y qué diremos si alguien nos pregunta quiénes somos?». Todos se vuelven hacia el mayor, que parece gozar de una autoridad especial. «¿Por qué no identificarnos como compañía de Jesús?». Hay un silencio; primero serio; después los ojos brillan. Afloran varias sonrisas, que parecen disipar las sombras anteriores: «¡Me gusta ese nombre!». Exclama el que preguntó primero. Vuelven las bromas, la naturalidad, la frescura y la alegría. 

Comienza septiembre de 1537. Han pasado algo más de tres años desde los votos del grupo en Montmartre. Ha sido un tiempo de espera. Ciertamente, bien aprovechado. No han parado ni un instante, y la infatigable actividad apostólica será ya para siempre una marca distintiva de sus vidas. Ignacio ha viajado, ha continuado sus estudios y multiplicado su actividad pastoral. Son ya sacerdotes. Y el grupo ha aumentado. Ahora son once . Pero la posibilidad de ir a Jerusalén es cada vez más incierta. La coyuntura política no hace previsible que surjan nuevas peregrinaciones. Al acercarse el término del plazo que se habían dado, tienen que volverse a aquella promesa que hiieran en Montmartre: ponerse a disposición del Papa para que este los envíe a donde crea necesaria su labor. No todo está decidido aún, pero hay que empezar a prepararse para esa posibilidad. ¿Qué han hecho durante todo este tiempo, y qué les hace desistir de sus propósitos iniciales?

(Texto del libroIgnacio de Loyola, nunca solo 

de José María Rodríguez Olaizola, SJ)

Mes de julio con Ignacio de Loyola