La Compañía de Jesús

En la quietud de la enorme basílica de San Pablo Extramuros cualquier sonido se multiplica, repetido por los ecos de paredes contrapuestas. Clemente VII, desde su retrato, recientemente añadido a la galería de pontífice difuntos, contempla, inexpresivo e impasible, el paso de los peregrinos que, en su recorrido por las siete basílicas romanas, veneran en este templo al apóstol de los gentiles. Huele a incienso, y a cera. El enorme mosaico del ábside captura la atención de los gentiles. Huele a incienso, y a cera. El enorme mosaico del ábside captura la atención de los devotos que, más allá del enorme bladaquino, quedan atrapados en la mirada penetrante del Cristo en majestad que domina, desde su cielo de piedra, la profundidad del templo. A otra hora del día se podrían escuchar los cantos de los benedictinos, alabando a Dios al ritmo de las horas. En esta mañana primaveral sólo se oye el latín de una misa celebrada en alguna de las capillas. 

El sonido proviene de la capilla de la Virgen, situada a la derecha del templo. Allí, bajo la imagen protectora de la Madre, seis hombres celebran la Eucaristía. El que preside es pequeño, andará cerca de los cincuenta años, y su concentración resulta casi intimidante. Los otros cinco son más jóvenes, y muestran similar recogimiento: ojos cerrados, cabeza levemente inclinada, sus labios musitan las oraciones con que van acompañando el misterio. Llegado el momento de comulgar se miran. Ha llegado la hora. Ante la hostia consagrada el celebrante se arrodilla. Y comienza a pronunciar unas palabras que, para todos ellos, significan un paso definitivo:

«Yo, Ignacio de Loyola, prometo a Dios Todopoderoso, y al Soberano Pontífice, su Vicario en la Tierra, en presencia de la Virgen María y de la corte celestial, y en presencia de la Compañía, perpetua pobreza, castidad y obediencia según la forma de vida conenida en la bula de la Compañía de Nuestro Señor Jesús y en sus constituciones declaradas o por declarar. Prometo además obediencia especial al Soberano Pontífice en lo que se refiere a las misiones, como está escrito en la bula. Prometo también trabajar para que los niños sean instruidos en los fundamentos de la fe, conforme a la dicha bula y a las constituciones».

Al acaba su promesa comulga. Alza el pan consagrado, que queda así, suspendido entre sus dedos, como el centro de la atención de todos ellos. Cada uno de los cinco hombres que participan en la celebración hace una promesa similar, arrodillados ante esa hostia donde encuentran a Jesús. Y prometen además obediencia al propio Ignacio de Loyola, Prepósito General de la Compañía de Jesús. Acabada la Eucaristía se separan por los diversos altares de la basílica. Rezan en silencio, consciente de la trascendencia del paso que acaban de dar.  Finalmente se vuelven a reunir en torno al altar, y cada uno de los cinco abraza al nuevo General. Este permanece serio mientras recibe el cordial reconocimiento de los suyos. Terminada esta discreta ceremonia, que ha pasado desapercibida en la quietud de la colosal basílica, los seis salen del edificio y continúan su camino.

22 de abril de 1541. En tres años y medio la decisión de emprender el camino a Roma, y la imposibilidad de peregrinar a Tierra Santa han precipitado una serie de decisiones. Dejábamos a Ignacio y a los suyos como grupo de amigos con inquietud apostólica, que hablan de sí mismos como compañeros de Jesús, y los encontramos ahora como miembros de la Compañía de Jesús, una nueva orden religiosa de la Iglesia católica, capaz de admitir nuevos miembros entre los mucos que quieren unirse a ellos, y pronto presente en los extremos del mundo. ¿Cómo se ha producido este cambio? ¿Qué ha hecho que Ignacio, el peregrino pobre y humilde, se convierta en superior general de una Orden religiosa, algo que jamás pretendió en sus largos años de búsqueda?

(Texto del libroIgnacio de Loyola, nunca solo 

de José María Rodríguez Olaizola, SJ)

Mes de julio con Ignacio de Loyola