Desde una habitación romana

Pablo VI, antes conocido como Juan Pedro Carafa, comienza el día despachando con sus secretarios. Ahora que Carlos V ha abdicado en España, su sucesor, el joven rey Felipe, está dándole quebraderos de cabeza. Empieza a dudar sobre la oportunidad de su enfrentamiento con los monarcas españoles, que no le está dando más que disgustos. Un ayuda de cámara se acerca presuroso. «Un padre de la Compañía de Jesús solicita audiencia». Se vuelve, molesto. Tiene dada orden de que nadie le interrumpa mientras atiende las cuestiones de Estado. La intromisión indica que ha de tratarse de algo urgente. «Hazlo pasar». El tono seco y cortante indica claramente que ya pede ser un asunto que no admita demora si el ayudante no quiere enfrentarse a uno de los estallidos de cólera del Pontífice.

 El rostro del recién llegado le resulta familiar, aunque no es capaz de decir de qué lo conoce. Viste de negro, como todos los miembros de su orden, y al llegar a la altura del Papa se inclina y le besa la mano. «Santidad, el Padre Ignacio se muere. Y el Padre Laínez también está grave. Vengo a solicitar su bendición para ellos». La serenidad de la petición no oculta el ligero timpre de urgencia. 

Ignacio de Loyola. Ese hombre. Sus caminos se han cruzado durante veinte años. Le embarga una doble sensación, de reconocimiento y de incomodidad. El mismo que se atrevió a desafiarle en Venecia. El mismo con el que ha coincidido en esta ciudad durante tantos años… Se han cuidado mucho de no interferir el uno con el otro. Algún roce menor en tiempos de sus predecesores, pero siempre con guante blanco. Y en estos meses de Pontificado, un trato respetuoso, y hasta cordial. El Papa Carafa sabe reconocer a un hombre de talla, y en el de Loyola ha visto a uno. En cierto modo, rival y aliado. Ambos han trabajado por la reforma de esta Iglesia que, al fin, parece estar cambiando. No comparte algunas de las extravagancias de esa Compañía de Jesús, como es el no tener coro, pero, por otra parte, han contribuido bastante al saneamiento de la vida romana… Es cierto que le incomoda el propio Ignacio. Esa forma suya de hablar…

Le saca de sus cavilaciones un carraspeo insistente. Ahora ha reconocido al hombre que le sigue mirando con ojos apremiantes. Es el secretario del vasco. Otro epañol más. Alguna vez se han visto las caras, pero no tiene con él una relación tan fluida como la que le une a Bobadilla, o al propio Laínez, que según le dicen también está enfermo.

«¿Hay esperanza?». La pregunta es directa. «Poca». La respuesta lacónica está cargada de tristeza. Entonces da unas palabras de aliento, y envía al secretario de vuelta a la casa. «Hágasle saber que mis oraciones y bendición están con ellos». El hombre se despide apresurado. El Pontífice camnia hacia una ventana y mira a lo lejos, sobre los tejidos de esta Roma que despierta. La ciudad se prepara para otro día de calor.

31 de julio de 1556.

Tras quince años de generalato, Ignacio agoniza. Se apaga su luz, en el cuarto de la casa de Santa María della Strada. Agotado. Gastado por la actividad frenética desplegada en este tiempo. La Compañía de Jesús es ya una orden religiosa extendida por todo el mundo, con miles de miembros en formación. Su labor es reconocida en todo el orbe católico, y sus hombres se despliegan por toda suerte de campos y labores. Quince años que ha pasado Ignacio tejuendo, desde su camareta, una red apostólica única en el mundo. Quince años de un peregrinaje sin camino, especialmente duro para él que siempre anheló continuar su marcha…

Vuelve a la presencia que nunca le ha fallado…

Ni en las noches oscuras, ni cuando dejaba de verlo. Reconoce al que siempre ha estado con él… El que volvió su vida del revés y la hizo tan plena. Su Dios y Señor de brazos abiertos, que le recibe ya para siempre…

Y al cruzar ese último umbral, con todos esos nombres de su vida en labios y en el corazón, da gracias a Dios, el que siempre estuvo ahí. Y sonríe, e nuevo peregrino, sabiendo ahora que nunca ha estado solo.

(Texto del libroIgnacio de Loyola, nunca solo 

de José María Rodríguez Olaizola, SJ)

Mes de julio con Ignacio de Loyola