Servir o no servir

He ahí la cuestión

Se ha resistido con uñas y dientes a su elección [como Prepósito General de la Compañía de Jesús], hasta que no ha tenido otro remedio que aceptar. Consciente de que el verdadero mando requiere gente buena, se siente miserable y pecador, y por tanto, piensa él, indigno. Se sabe barro frágil… Consciente de su debilidad, no se ve capaz de liderar bien a los suyos.

Pero en realidad está errado cuando plantea sus resistencias. Porque la verdadera medida del mando no está primero ni principalmente en nuestras capacidades o limitaciones, sino en la disposición auténtica para servir a otros. Una lógica distinta y alternativa. Una lógica evangélica. Y de eso él va sobrado, aunque se sienta tan pequeño.

La autoridad verdadera  es la que nace del servicio.

La lógica que subyace a este binomio afirma que lo que conlleva al poder no debería ser el dominio o la posesión, sino la responsabilidad y el cuidado de quienes están a tu cargo y aquellos para quienes trabajas o vives. Y especialmente entre esos, los más desprotegidos, aquellos por quienes nadie más mueve un dedo.

Esa lógica dice que quien tiene talentos para liderar puede hacerlo al servicio del bien común, y especialmente de quienes están más desatendidos. Afirma que el verdadero líder no es el que se siente superior, viviendo en alguna esfera inalcanzable desde donde mira a los infelices que están por debajo; sino el que se sabe igual, y comprende su vida como servicio a otros, como dedicación a un proyecto.

Es, en fin, la lógica del pastor que cuida de los suyos, a los que atiende y protege. Sin dejar nunca de mirar más allá, consciente de que siempre conviene levantar la mirada, para no quedarse atrapado en fronteras estrechas. Para percibir las necesidades, los gritos silenciados, las lágrimas ocultas, las semillas sque esperan crecer. Es la lógica de quien cree en el eangelio, las bienaventuranzas, el Reino… Es la que reflejó quien, siendo más alto, se ciñó una toalla a la cintura para lavar los pies a los suyos. Y la que, en una lectura creyente de la vida de la vida, están llamados a perpetuar todos aquellos hombres y mujeres que tienen responsabilidad por otros, ya hablamos de autoridad política, civil, religiosa o familiar…

Este es el liderazgo que está llamado a ejercier Ignacio. Se siente abrumado porque entiende que ese servicio requier gente buena, y se siente un patán. Se juzga con dureza. Consciente de sus debilidades, parece olvidar que la limitación y la fragilidad no están reñidas con el servicio. Es más, posiblemente es la conciencia lúcida de la propia flaqueza la que capacita a uno para liderar a otros sin sentirse superior. Ignacio no se da cuenta de que todo en su vida está hablando de servicio, que contagia una pasión por el evangeio que los otros perciben con nitidez. De ahí que sus resistencias a aceptar el generalato estén equivocadas. Los compañeros han querido escoger a quien presienten que lleva el evangelio en el corazón.

¿Y no son esos los líderes que nuestro mundo y nuestra Iglesia necesitan?

Hoy como en tiempos de Ignacio. Hombres y mujeres empapados de evangelio capaces de tomar decisiones y guiar grupos. Capaces de tomar decisiones y guiar grupos. Capaces de desvivirse por otros. De soñar y contagiar sueños. De levantar al caído, cuidar al herido, inquietar al tibio, alentar al triste y ayudar a cada quien a dar lo mejor de sí mismo. Gente frágil, claro está. Y limitada, como todos lo somos. Imperfectos. Capaces de grandes aciertos, pero también humanos para cometer errores, y ojalá capaces de rectificar cuando sea necesario. Altos o bajos, guapos o feos, tímidos o dicharacheros, racionales o emotivos… eso no es lo esencial. Lo que hace falta es que, desde su debilidad y su capacidad estén dispuestos a amar y servir. Por los otros. Por Dios y su proyecto. En todo. Y para eso Ignacio está preparado.

(Texto del libroIgnacio de Loyola, nunca solo 

de José María Rodríguez Olaizola, SJ)

Mes de julio con Ignacio de Loyola