«Amigos en el Señor»

La amistad y sus honduras

Tras intentos baldíos, tras esos encuentros que le dejan a veces confundido, inquieto, ilusionado o defraudado le toca seguir buscando. En el momento en que se encuentra con Fabro y con Francisco Javier, en esa estancia alta del colegio de Santa Bárbara, no intuye que acaba de conocer a quienes van a compartir su proyecto hasta la muerte.

Su facilidad para entablar conversaciones profundas, que ayudan a las personas a crecer, cambiar, vibrar, asomarse al evangelio de un modo diferente. Les enseña a examinar la propia vida. Les ayuda a encontrar el sentido a una práctica sacramental honda y frecuente. Les invita a vivir conscientes de la presencia cercana de Dios…

Algún día Ignacio definirá a este grupo como un grupo de «amigos en el Señor»… Son amigos, y como tales, se valoran, se quieren, a veces discutirán y otras estrecharán sus lazos. En ocasiones necesitarán del perdón, y siempre de la confianza y el darse una oportunidad más.

Son distintos. Y encajan de maneras diferentes. Y se definen «en el Señor», porque comparten una fe y una espiritualidad que les ayuda a vivir con un proyecto en común, desde ese tronco recio que es su fe viva y la relación con Dios. Y eso les hace mucho más fuertes en la comprensión recíproca de unos y otros. Una fe que les enseña a mirar el mundo, cada uno con sus ojos, y al tiempo con una perspectiva intuida en ese Dios que también se asoma, con infatigable esperanza, a las alegrías y tristezas de la humanidad.

Es importante construir amistades con suelos firmes. Y la fe puede ser un buen cemento o una tierra fértil donde enraícen nuestros afectos. Tal vez porque la fe, cuando se interioriza, cuando se convierte en algo personal, te ayuda a vibrar con palabras cargadas de significados, con sensibilidades compartidas, con formas de abrazar la vida.

En un mundo como el nuestro, de muchas soledades y abundantes incomunicaciones, tal vez es hoy también el evangelio la base firme en la que, como personas, podemos asomarnos unos a otros.

[La amistad] que Ignacio aprende en Dios, hablando con él como un amigo habla a otro amigo. La que ese grupo de compañeros descubre en París. La que seguimos viviendo hoy, desde el cariño y la confianza, tantas personas que compartimos sueños y proyectos.

(Texto del libroIgnacio de Loyola, nunca solo 

de José María Rodríguez Olaizola, SJ

Mes de julio con Ignacio de Loyola