Vuelta a casa.

Azpeitia

Tiene tiempo, durante esas largas jornadas de viaje, para pensar. Lleva tanto tiempo fuera de casa… Esta vuelta al hogar de Loyola le hace recordar. Vuelve la vista y la memoria a los meses de convalecencia con gratitud rememora ahora lo que significaron para él.

La herida, el dolor de la pierna… Inconscientemente se lleva una mano a la rodilla, como si el tacto le devolviese a aquella estancia familiar, al sufrimiento provocado por las operaciones repetidas, a su hueso aserrado… Piensa también en los libros de su cuñada, en cómo los recibió con desgana, y las sorpresivas emociones que suscitaron en él. Impresiones tan intensas que le abrieron la puerta a un mundo interior vibrante y a un Dios que le cautivó. Desde la sabiduría ganada con los años recuerda su ingenuidad de entonces, su deseo de ser mejor que los santos. Sonríe, pensando en su vanidad camuflajeada de virtud. Ha aprendido mucho desde entonces.

Se alojará en el hospital de Azpeitia. Como un pobre más. El encuentro con Martín no se hace esperar… Los dos son tercos y fuertes. Los dos son listos y se conocen, leña del mismo tronco.

Azpeitia va sintiendo la influencia del peregrino. Desaparecen los juramentos. Se clarifican relaciones ilegítimas, algunos casos notorios de amancebamiento parecen desaparecer… Hasta el clero, a menudo gremial y sordo a todo lo que no venga de sus propias filas, acepta los cambios que les propone este seglar. La reforma del clero azpeitiano, sobre todo en cuestiones morales, dejará honda huella en la región…

Llega al fin el momento de partir y se despide de los suyos. Martín y algunos más quieren acompañarle un trecho, y es sólo ese trayecto, hasta el límite de la provincia, lo que va Ignacio cabalgando… De alguna manera, ambos se alegran de estos meses de reencuentro.

«Adiós, Íñigo». «Adiós».

(Texto del libroIgnacio de Loyola, nunca solo 

de José María Rodríguez Olaizola, SJ

Mes de julio con Ignacio de Loyola